¿Cuándo tendremos un buen presidente?
Otra vez el Perú amanece con un presidente cuestionado. José Jerí, el nuevo mandatario interino, carga denuncias de corrupción y acusaciones graves que, aunque él niegue, dejan una sombra difícil de ignorar. ¿Cómo confiar en alguien que llega al poder con tantas dudas sobre su integridad? ¿En qué momento dejamos de exigir que el presidente sea un ejemplo y no un problema más?
Cada cambio de gobierno parece una copia del anterior: promesas de “nuevo comienzo”, discursos de “mano dura” y fotos ensayadas que buscan mostrar liderazgo. Pero detrás de todo eso hay lo mismo de siempre: políticos que se reparten el país mientras la gente sobrevive entre la inseguridad, la desconfianza y el cansancio.
Lo más indignante es la facilidad con la que los peruanos nos hemos acostumbrado a lo inaceptable. Vemos a un presidente asumir el cargo con denuncias abiertas, y aun así, el aparato político lo sostiene. Nadie parece asumir responsabilidad: ni los congresistas que lo eligieron, ni las instituciones que deberían proteger la democracia. Es como si la decencia se hubiera vuelto una rareza en la política peruana.
Mientras tanto, el pueblo sigue dividido entre la frustración y la resignación. Algunos protestan, otros simplemente apagan la televisión, cansados de esperar algo distinto. Pero la indiferencia también es una forma de rendición. Si dejamos que la mediocridad gobierne sin resistencia, entonces estaremos firmando nuestra propia condena como nación.
El Perú no necesita más improvisados con discursos vacíos ni héroes de ocasión. Necesita decencia. Necesita alguien que entienda que gobernar no es posar frente a las cámaras ni copiar modelos ajenos, sino servir con honestidad y coherencia.
Y mientras seguimos esperando a ese presidente honesto, los peruanos seguimos pagando el precio de la corrupción, la indiferencia y el olvido. Porque el verdadero problema ya no es solo quién llega al poder… sino cuánto estamos dispuestos a soportar.
La llegada de José Jerí como presidente interino-y su número en la larga cadena de liderazgos inestables-pone en evidencia lo que el país ya sabía: en los últimos nueve años, el Perú ha tenido siete presidentes distintos. Eso no es rotación democrática, es síntoma de enfermedad institucional.
Si seguimos aceptando que todo está bien con que un presidente sea solo “mejor que el anterior”, entonces dejamos de exigir lo mínimo: un líder sin denuncias, con integridad y visión de país. Porque un Perú con siete presidentes en menos de una década no necesita más reemplazos; necesita, por fin, un presidente que no dé vergüenza.